Eutanasia, cuando el costo vale más que la vida
Uruguay ha aprobado la eutanasia y el asunto ha vuelto a generar polémicas en nuestro país.
- Volanta: Por Rafael Bulacio
Se presenta a la eutanasia como un acto de compasión. Como un gesto de humanidad frente al dolor. Años atrás, en ocasión de tratarse el tema en el Congreso, la prensa llamó al proyecto como el de la “muerte digna”. Pero conviene detenerse un instante y mirar quiénes ganan cuando la muerte se convierte en una opción legal, rápida y “digna”.
Porque detrás del discurso amable, hay una realidad incómoda: los enfermos graves, crónicos o terminales son los pacientes más caros del sistema de salud. Requieren internaciones prolongadas, medicamentos costosos, cuidados paliativos, atención constante. Son, desde la lógica fría del mercado, un “problema”.
Y cuando la eutanasia se normaliza, ese problema se resuelve solo.
Las obras sociales y las empresas de medicina prepaga, que no son organizaciones de caridad, sino estructuras económicas, se liberan de los casos más onerosos. Se reduce el gasto. Se acortan los tiempos. Se “optimiza” el sistema. Pero el precio de esa eficiencia es altísimo: una vida humana.
La eutanasia no amplía la libertad del débil. Amplía el poder del fuerte. Porque ¿qué libertad real tiene un anciano solo, un enfermo pobre, una persona con dolor, cuando sabe que su tratamiento es caro, que molesta, que consume recursos?
En ese contexto, la “decisión voluntaria” se parece demasiado a una presión silenciosa.
Hoy se dice: es para casos extremos. Mañana será para evitar sufrimientos. Pasado mañana, para no ser una carga. La historia demuestra que cuando el Estado habilita la muerte como solución, los límites se corren siempre. Y los primeros en caer no son los fuertes, sino los frágiles.
La verdadera respuesta al sufrimiento no es acelerar la muerte, sino mejorar los cuidados paliativos, acompañar, aliviar el dolor, estar presentes. Eso es más humano. Pero también es más caro. Y tal vez por eso incomoda.
Una sociedad se mide por cómo trata a quienes ya no producen, ya no rinden, ya no generan ganancias.
Cuando empezamos a pensar que algunos viven “demasiado”, dejamos de hablar de derechos y empezamos a hablar de descarte.
La eutanasia no es progreso. Es una derrota ética. Y, sobre todo, una señal peligrosa: cuando la vida se vuelve un gasto, nadie está a salvo.
La Iglesia Católica tiene una postura clara, sostenida y uniforme sobre la eutanasia: la rechaza de manera categórica, considerándola moralmente inadmisible. Para la Iglesia la vida humana es sagrada desde la concepción hasta la muerte natural. Nadie, ni el paciente, ni la familia, ni el Estado, ni el médico, puede provocar deliberadamente la muerte.


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