El riesgo de un Pentágono convertido en Departamento de Guerra
El día lunes, nos referíamos a la amplia y abrupta convocatoria del secretario de Defensa de los EE. UU., Pete Hegseth, de todos los mandos militares, cientos de generales y almirantes, para una reunión en Quántico, Virginia, y decíamos que ello representaba algo más que una simple reunión institucional, era una señal política, una maniobra de poder y una apuesta sobre la narrativa del papel del ejército estadounidense.
- Volanta: Por Rafael Bulacio
El discurso fue dado con Hegseth, junto a Donald Trump, ante una multitud de generales y almirantes y marca un quiebre que no debe pasarnos inadvertido. No fue una mera arenga, ni un recurso retórico: al inaugurar la reunión con un “Bienvenidos al Departamento de Guerra”, aunque el Congreso no haya aprobado tal denominación, el Secretario buscó imprimir una nueva filosofía en la conducción militar norteamericana. Esa filosofía pone la “letalidad” en el centro y reduce a la nada las políticas de diversidad, inclusión y derechos que se habían consolidado en las últimas décadas.
El riesgo de este giro es múltiple. En primer lugar, supone una militarización ideológica. Cuando la conducción política define que la prioridad es “recuperar la ética guerrera” y eliminar la llamada cultura “woke”, no solo se cambia un programa de recursos humanos: se redefine el sentido mismo de las Fuerzas Armadas. Se pasa de un ejército concebido como herramienta de defensa bajo reglas internacionales, a un aparato que se enorgullece de su capacidad ofensiva, con un discurso de cruzada interna contra supuestas desviaciones ideológicas.
En segundo lugar, este viraje erosiona la relación civil–militar que ha sido pilar del sistema democrático estadounidense. Al descalificar públicamente a oficiales por su aspecto físico, o al relativizar mecanismos de control interno como los canales de denuncias por discriminación o abusos, se instala una lógica verticalista y autoritaria. No se trata de fortalecer la disciplina, sino de debilitar la autonomía profesional de los mandos, subordinándolos a un proyecto político-partidario.
Un tercer riesgo está en el plano interno. La propuesta de usar “ciudades peligrosas” de Estados Unidos como campos de entrenamiento militar refleja un desplazamiento peligroso: las Fuerzas Armadas se aproximan al terreno policial y civil, en un país con profundas tensiones sociales. Ese camino puede derivar en la criminalización de comunidades enteras y en la normalización de la presencia castrense en la vida cotidiana.
Finalmente, en el escenario internacional, el impacto no es menor. Los aliados observan con preocupación un Estados Unidos que abandona el lenguaje de la defensa y la cooperación, para abrazar la retórica de la guerra. Este viraje puede debilitar las alianzas estratégicas y alimentar la desconfianza de socios que temen un unilateralismo agresivo. También otorga munición propagandística a potencias rivales, que podrán exhibir a Washington como un actor imprevisible y beligerante.
En nombre de la eficiencia militar, Hegseth y Trump parecen dispuestos a sacrificar equilibrios que costaron décadas construir: controles institucionales, diversidad interna, respeto a normas internacionales y confianza civil. La historia enseña que los ejércitos sin contrapesos no son más fuertes: son más peligrosos. El “Departamento de Guerra” que Hegseth quiere instaurar no amenaza solo a enemigos externos; amenaza también los cimientos democráticos del propio Estados Unidos y, por extensión, la estabilidad de un mundo ya convulsionado.


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