Cuando el Estado pierde el límite
Hay imágenes que no deberían asociarse jamás con la democracia norteamericana.
Agentes federales persiguiendo inmigrantes como si fueran presas. Redadas violentas. Disparos. Muertos. Miedo. Nada de eso condice con la historia institucional de los Estados Unidos.
El accionar de los federales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE, por sus siglas en inglés, está generando una profunda alarma moral y política. No porque el control migratorio sea ilegítimo, todo Estado tiene derecho a regular sus fronteras, sino porque la forma en que se ejerce el poder es tan importante como el poder mismo.
En la tradición democrática norteamericana, el Estado siempre fue visto con desconfianza. Por eso se lo limitó. Por eso se lo fragmentó. Por eso se lo sometió a la ley. La Constitución de los Estados Unidos no fue escrita para proteger al gobierno, sino para proteger a las personas del gobierno.
Y allí está el punto central: un inmigrante irregular no es un enemigo, no es un combatiente, no es un delincuente por definición. Es una persona. Y como tal, merece debido proceso, proporcionalidad y límites claros al uso de la fuerza.
Cuando una agencia administrativa actúa como fuerza de choque; cuando se normaliza la persecución; cuando el miedo reemplaza a la ley; cuando hay muertos en operativos migratorios, el Estado ha cruzado una línea peligrosa.
Lo más grave es que esta brutalidad no solo hiere a los inmigrantes. Daña a la democracia misma. Porque cada exceso estatal, aunque se justifique en nombre del orden, deja un precedente. Y los precedentes autoritarios nunca se detienen donde comenzaron.
Estados Unidos fue grande y respetado, no por su poder militar, sino por su apego a la ley, por sus contrapesos, por su convicción de que el poder debe ser contenido, incluso cuando cree tener razón.
Cuando el Estado se acostumbra a cazar al débil, cuando el uniforme reemplaza al derecho, y cuando la fuerza sustituye al juicio, la democracia deja de ser un sistema de garantías y empieza a parecerse peligrosamente a aquello que siempre dijo combatir.
Y ese es un camino que ninguna sociedad libre debería aceptar.


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