Candidaturas testimoniales: el arte de estafar legalmente al votante
En democracia, votar no es simplemente emitir un sufragio: es un acto de confianza.
- Volanta: Por Rafael Bulacio
Cuando un ciudadano marca un nombre en la boleta, deposita una expectativa, una esperanza, y sobre todo, una delegación de poder. Por eso, las candidaturas testimoniales, aunque legales, representan una de las formas más cínicas de traicionar ese vínculo entre elector y elegido.
Una candidatura testimonial es aquella en la que una figura política se postula a un cargo público sin intención de asumirlo. Lo hace únicamente para atraer votos, “empujar la lista”, o fortalecer la imagen de una fuerza política. El votante, mientras tanto, cree estar eligiendo a alguien que efectivamente cumplirá el rol para el que se postula. No hay error más costoso en términos democráticos.
Este tipo de maniobra puede revestir todos los requisitos legales: el candidato cumple con la edad, la ciudadanía, la residencia, y presenta la documentación como corresponde. Pero lo que no cumple es lo más importante: la ética. La voluntad genuina de representar a quienes lo eligen.
Las candidaturas testimoniales no solo engañan al votante. También deforman el sistema representativo. Ingresan a los cuerpos legislativos suplentes que nadie conoce ni eligió con claridad. Se juega con la voluntad popular como si fuera una ficha de póker. Y peor aún: se normaliza la mentira como una herramienta política legítima.
Muchos justifican estas maniobras con cinismo: “es parte del juego”, “todos lo hacen”. Pero la política no debería ser un juego. Y si lo es, que sea limpio. Porque cuando se desfigura el acto electoral, lo que se debilita no es solo la representación: se erosiona la confianza en todo el sistema democrático.
Las candidaturas testimoniales son una estafa legalizada. Una artimaña que se apoya en los resquicios normativos para burlarse de la buena fe del electorado. La democracia necesita líderes que honren su palabra, no prestidigitadores que desaparecen del cargo antes de siquiera asumirlo.
Las candidaturas testimoniales son una muestra clara de cómo algo puede ser legal y a la vez profundamente inmoral en términos democráticos. Rompen el contrato simbólico entre el elector y el candidato. No son un delito, pero sí una falta grave a la ética política.


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